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Cher Yves, attendez-moi. Pt. 1

October 15, 2009

Imagen 17

Su nombre era Yves, 25 años, pintor. Manejaba un híbrido, que odiaba por recordarle, a cada kilómetro, lo tanto que deseaba un Mustang. Llevaba ya dos años sobrio, ni una gota de gin o vermut, ni una sola. Los cigarrillos y la yerba también habían quedado atrás, estaba limpio.

Siempre fue muy ordenado y meticuloso, sus lienzos -sus “trocitos de cielo”, como solía llamarlos, con cariño- estaban ordenados por tamaño y material de fabricación; sus óleos siempre ordenados según escala cromática, los pinceles por tamaño, tipo de punta y material de las cerdas. Al pintar solía servirse una bandeja con un vaso con leche descremada y galletas de arroz: le ayudaba a concentrarse, decía. Era pintor hiperrealista de escuela, pero admirador de Rembrant, aunque los últimos seis meses pintó impresionismo, insistía una y otra vez en pintar un paisaje nocturno de cielo negro azulado con brillantes estrellas, para desesperación de Cécile.

Conoció a Cécile hace cinco años, los últimos dos ya comprometidos. Fue en una protesta, en 1999, fue amor a primera vista, como esos de las películas o las novelas románticas. Yves siempre fue un hombre tímido, de pocas palabras, pero el perfume de su cabello lo enloqueció y supo que no podría pasar otro segundo de su vida sin estar con ella, la chica del cabello castaño con aroma a lirios.

Seis pinturas vendidas. Cuatro siguen en galerías, esperando comprador. Quedaban dos en exposición permanente en el Metropolitano. Afuera, en la entrada del museo, estaba una mujer vendiendo baratijas. Unos pasos más allá estaba un saxofonista callejero, entreteniendo a un mimo, apenas uno de toda una clase de personajes estereotipados, apenas a dos cuadras del apartamento. Yves dejó atrás a toda la galería de fenómenos tan propios de su barrio. Entró al mini mercado para comprar un litro de de leche descremada y galletas de arroz, como todos los jueves. Al llegar a casa besó a su prometida, comieron merienda y fue a su estudio a seguir pintando el cuadro de la escena nocturna con brillantes estrellas.

Pasadas las once de la noche se fue a dormir, rara vez se acostaba tan tarde, pero esa noche se quedó pintando hasta tarde.

En la mañana, cuando despertó, estaba solo en su cama y el cuarto estaba vacío. Cécile no estaba ni su ropa, ni sus accesorios. Todas sus cosas habían desaparecido con ella y la casa estaba vacía: fotos, cartas, muebles, el papel tapiz, los bombillos; nada, su apartamento estaba vacío, habían barrido el lugar.

Asustado corrió fuera del apartamento a la calle de enfrente donde había un teléfono de monedas donde el trato de llamarle a Paul, su amigo de toda la vida. El teléfono sonaba pero nadie atendía la llamada. Decidió llamar a la policía quienes mandaron una patrulla de inmediato y al tomar la declaración les pareció absurda la historia, lo tomaron como un loco y lo arrestaron para interrogarlo.

En la comisaria, durante el interrogatorio, no le creyeron y el dio muchos números de teléfono de sus conocidos, familia, amigos, gente de la galería pero, simplemente, nadie atendió el teléfono. Al pasar las horas, él pudo salir de la comisaria y caminó por las calle. Solo tenia consigo lo que tenia puesto y dos billetes de cinco euros en la bolsa de su pantalón. Yves anduvo de casa en casa en busca de sus conocidos, de su familia, amigos o compañeros de antiguos trabajos, y en todas las casas estaban viviendo diferentes personas que alegaban haber vivido ahí durante años y no recordar que los antiguos dueños concordaran con los nombres de quienes el buscaba, parecía de película. Un hombre despierta un día y todos aquellos a los que el conoce ya no están, nunca existieron y nadie te recuerda o conoce, simplemente increíble, demasiado elaborado para ser una broma, la idea en sí no es concebible.

Pasaron los días, las semanas. Así, de la misma manera, ya habían pasado tres años. Tres años y lo único que podía hacer era seguir buscando entre lo que jamás existió, era demasiado elaborado aun para las enfermedades mentales más destructivas, esto era diferente, era algo grande, demasiado grande para Yves.

Ya no pintaba, no lo encontraba necesario. Desde que se fue de su antigua casa en Montparnasse, no volvió a tocar un oleo, mucho menos un lienzo. Ya resignado a no encontrar a nunca a nadie, encontró trabajo en un pequeño café. Tras varias botellas de Cointreau y muchas cajetillas de Dunnhill Lights, diariamente recaía en su depresión hasta que, un día, decidió pasar por su antigua casa. Al entrar había cientos de sobres con cuentas, advertencias de corte de servicios, publicidad y periódicos. No cabían en el viejo buzón y todo estaba tirado en el piso. En medio de todo eso, había un telegrama que venia de Nisa de Ivonne.

Ivonne fue su vecina durante muchos años, casi todos su amiga. Todo cambió cuando ella se fue a vivir a Nisa con su familia y ellos perdieron comunicación. La navidad anterior a la pérdida de Yves, ella le llamó por teléfono y hablaron un par de horas recordando viejos tiempos y quedaron de reunirse siquiera una vez más en la vida. Pero quedó solamente en palabras, hasta ese día que llegó su telegrama.

à: Yves-Jean le Blanc
à partir de: Ivonne Rousseau

Cher Yves:

Je veux aller à Paris l’été prochain,
attendez-moi. avec l’amour

Ivonne.

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2 Comments leave one →
  1. jazcita permalink
    October 17, 2009 13:58

    realmente encantador …

    que pasara despues!!

    curiocidad!!

  2. gabriela permalink
    October 21, 2009 0:46

    ya creció mi eduardoo :`) felicidadeees me gusta gusta…

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